Me pasa a menudo que me cuesta ralentizar. En los últimos años he tratado de aprender a hacerlo. Desaprender un poco de productividad y sentarme a percibir los sentidos. Disfrutar más del proceso y menos del resultado. Una tarea, un viaje, el desayuno, una conversación. Mirar menos el reloj, menos el móvil y más a los ojos, cuando hablamos con alguien, por ejemplo, parece sencillo, pero no lo es. A veces me resulta útil despersonalizarme. Decirme a mí misma, ve despacio, Maribel. Detente a recordar dónde dejaste las llaves, o mira que quizás esta blusa combine con este pantalón, para ir en contra de mi propio o habitual ritmo. El mundo no ayuda mucho, las redes sociales menos. Pero la naturaleza y la oración sí son grandes armas para vivir al ritmo correcto, al ritmo del corazón. ¿Te ha pasado?

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