A menudo la lluvia se asocia a lectura. Me encanta estos días, sobre todo porque el clima agradable invita a una pausa, bien sea para una siesta o para esperar que la lluvia amaine y salir a cualquier pendiente después de labores. También, aparte de la lectura, es clima apropiado para adelantar tareas en casa. En las tardes de lluvia me gusta degustar mi buena taza de café mientras platico con mi madre, yo en la hamaca y ella en la mecedora, las gotas de agua acariciando el techo, con su paciente arrullo.
Salto a la infancia, a las mismas tardes lentas de humo colándose entre el techo de palma… El fogón, sobre la hornilla la ollita de café, debajo, la leña… las gallinas procurándose algo de calor. Una batea colmada de pixvaes sobre la barbacoa. Mi abuela y su delantal, ennegrecido por el carbón, y sus hebras de plata, asomadas bajo el pañuelo con el que evita «el viento» en la cabeza, los resfríos y los espasmos… Se sienta en el taburete de cuero con el pocillo en la mano y empieza a sacar cuentos por la ventana.

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